

Nuestros comienzos
Los Grupos de Oración del Corazón de Jesús nacieron el 14 de noviembre de 1975, de la mano del Padre Ángel María Rojas, S.J. Lo que empezó siendo un grupo pequeño —personas con hambre de Dios y ganas de crecer en la fe— fue echando raíces con el tiempo, hasta que en 1997 la Iglesia los reconoció formalmente como Asociación Privada de Fieles.
Desde el principio, la intuición del Padre Rojas fue sencilla pero exigente: que la vida espiritual no es un camino en solitario. Que para querer a Dios de verdad, y crecer en ese amor, hace falta comunidad. Personas concretas que se acompañen, se animen y se ayuden a no quedarse a medias.
Esa intuición es la que le dio forma a los Grupos: no una cofradía, no una asociación al uso, sino algo más parecido a una familia. Una familia espiritual en la que el centro es el Corazón de Jesús, y en la que la Virgen María ocupa el lugar que le corresponde: el de Madre.
A lo largo de estos años, los Grupos han dado frutos abundantes. Entre ellos, muchas vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada: hombres y mujeres que, en el seno de los Grupos, escucharon con claridad la llamada de Dios y respondieron con generosidad. Un fruto que, para los GOCJ, no es un accidente sino una consecuencia natural de tomarse en serio la santidad.
Casi cincuenta años después, aquella semilla sigue viva y sigue siendo reconocible. Los GOCJ no han cambiado en lo esencial: siguen siendo un grupo de personas (organizados en grupos pequeños) que quieren querer a Dios en serio, acompañándose unos a otros en el camino.
Esta es nuestra historia. Y si estás leyendo esto, quizás empiece a ser también un poco la tuya.
Lo que nos mueve
Si tuviéramos que resumir en una frase lo que nos define, sería esta:
Amar y hacer amar al Corazón de Jesús desde el Corazón Inmaculado de María
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Es el objetivo que recoge nuestro Ideario, y es también lo que cualquier miembro de los Grupos reconocería como propio sin dudarlo.
Detrás de esa frase hay una convicción: que el Corazón de Jesús no es una devoción entre otras, sino el centro de toda la vida cristiana. En Él se revela el amor de Dios en su forma más concreta y más humana. Un amor que se entregó hasta el final, y que sigue latiendo en la Eucaristía, en la oración, en el trato diario con Él.
Por eso, en los GOCJ aspiramos ante todo a la santidad. No entendida como perfección inalcanzable, sino como el deseo sincero de corresponder a ese amor: crecer en él, dejarse transformar por él y contagiarlo a quienes nos rodean.
En ese camino, María no es un adorno. Es Madre y Guía. Queremos acercarnos al Corazón de Jesús como Ella lo hizo: con un sí generoso, con fidelidad en lo pequeño, con un amor que no decae. La devoción a su Corazón Inmaculado no nos aleja de Jesús, sino que nos lleva directamente a Él.
Este camino tiene, para quien lo desea, un hito especial: la Consagración. Primero al Corazón Inmaculado de María, como primer paso de entrega; después, para quien quiere seguir profundizando, la Consagración al Corazón de Jesús. No son fórmulas vacías, sino compromisos que dan forma y dirección a todo lo demás.
Y ese amor, cuando es auténtico, no mira hacia dentro. La sed del Corazón de Jesús por la salvación de los hombres nos impulsa a salir: a compartir lo que hemos recibido, a mostrar su amor y su misericordia a quienes nos rodean. Los GOCJ no son un grupo que vive de espaldas al mundo.
Cómo vivimos eso
Un amor que se dice pero no se practica se queda pronto en palabras. Por eso, en los GOCJ la espiritualidad tiene forma concreta en el día a día.
El centro de todo es la Eucaristía. Nuestro Ideario la llama «la fuente, centro, corazón y cumbre» de la vida espiritual, y cuando uno empieza a vivirla así —no como un acto más, sino como el encuentro con Cristo en el que se ofrece la propia vida junto a la suya— lo natural es querer acudir a ella cuanto sea posible. Por eso, muchos de nosotros acudimos a ella a diario. En torno a la Misa se ordena lo demás: la oración personal, el Rosario, la lectura espiritual, el examen de conciencia; y un punto importante: los ejercicios espirituales de San Ignacio, tan importantes dentro de nuestra espiritualidad. Prácticas antiguas, probadas, que no han perdido su eficacia porque no dependen de las modas sino del deseo sincero de encontrarse con Dios.
Un amor que se dice pero no se practica se queda pronto en palabras.
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El día comienza con el Ofrecimiento de Obras: un momento en el que ponemos en manos de Dios todo lo que vendrá, uniéndolo al sacrificio de Cristo.
Es un gesto pequeño, pero es también una forma de no perder de vista a lo largo del día para quién y por quién se vive.
Y en ese camino, la Confesión frecuente no es un trámite sino un recurso: el de quien sabe que necesita levantarse y que Dios siempre está dispuesto a ayudarle a hacerlo.
También aprendemos a mirar la Cruz de otra manera. Los sufrimientos y dificultades del día a día, unidos a los de Cristo, no son un obstáculo para la vida espiritual sino parte de ella. En eso, como en todo, el modelo es Él.
El grupo: no se camina solo
Hay una convicción que está en el ADN de los GOCJ desde el principio: nadie crece solo. La vida espiritual tiene una dimensión personal e intransferible, sí, pero también necesita comunidad. Personas concretas con las que compartir el camino, celebrar los avances y levantarse en los momentos de sequía.
Por eso el grupo no es un accesorio. Es parte esencial de lo que somos. Cada miembro pertenece a un grupo pequeño que se reúne semanalmente: para orar juntos, para ayudarse, para no perder el rumbo. Una reunión sencilla, sin pretensiones, pero que con el tiempo se convierte en uno de los pilares de la vida espiritual de cada uno.
Y luego está todo lo que surge alrededor. Las convivencias, las peregrinaciones —como la reciente peregrinación a Trujillo—, las cenas Alpha abiertas a quien quiera acercarse sin compromiso. Momentos en los que el grupo deja de ser solo un espacio de oración para convertirse en algo más parecido a lo que debería ser siempre la Iglesia: una familia que disfruta de estar junta.
El grupo deja de ser solo un espacio de oración para convertirse en algo más parecido a lo que debería ser siempre la Iglesia: una familia que disfruta de estar junta.
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¿Y tú?
Este artículo es solo una primera presentación. Hay mucho más que contar: sobre la espiritualidad de los Grupos, sobre la Consagración, sobre cómo es la vida concreta de un miembro de los GOCJ. En los artículos que siguen iremos entrando en todo eso con más calma.
Pero si algo de lo que has leído te ha resonado —si llevas tiempo buscando un sitio donde la fe se viva con seriedad y en compañía—, no hace falta esperar a leerlo todo para dar un primer paso. Te invitamos a acercarte, a preguntar, a conocernos. Las puertas están abiertas.
