

Introducción
Al comenzar este tiempo de Cuaresma, el Padre Jesús nos hace reflexionar sobre cómo estoy viviendo mi relación con Dios.
No se trata solo de cumplir unas prácticas externas, sino de dejarme interpelar de verdad por lo que este tiempo significa.
La Cuaresma se me presenta como una oportunidad para volver a lo esencial, para revisar mi vida, mis prioridades y mi corazón. En medio del ritmo cotidiano, muchas veces disperso y superficial, aparece una llamada concreta a parar y a replantearme lo importante.
No es un camino cómodo ni automático, pero sí profundamente transformador si lo tomo en serio.
Por eso empiezo poniéndome en disposición de escuchar, de dejarme cuestionar y de acoger lo que se me quiere decir.
Convocatoria y llamada a la conversión

Dios me convoca, me reúne, como cuando una familia se junta porque hay algo importante que decir. A veces es para una alegría, como una boda o la llegada de un hijo; otras veces es para afrontar un problema. Pero cuando se llama a todos, es porque lo que se va a decir es serio.
Pues en este tiempo, Dios hace exactamente eso: convoca a su pueblo. Y lo escucho en el profeta Joel cuando dice "tocad el cuerno en Sion", es decir, llamad a todos, que venga todo el mundo: los ancianos, los niños, toda la asamblea. Nadie queda fuera de esta llamada.
Es como ese toque que reúne a todos porque hay algo que no se puede dejar pasar.
¿Y para qué nos reúne? Para decirnos algo muy claro y muy directo: "volved a mí de todo corazón". No a medias, no por cumplir, no de manera superficial. De todo corazón.
Porque además insiste: "rasgad vuestro corazón y no vuestros vestidos". Es decir, no se trata de hacer gestos externos sin más, sino de que haya una conversión real por dentro, en lo profundo de la persona.
Y esto no es algo que se queda en el inicio de la Cuaresma. No es solo para el Miércoles de Ceniza —que uno ya dice: "madre mía, ¿dónde queda aquello?"—. Esto sigue siendo ahora.
Porque es verdad que uno puede empezar con fuerza, con buenos propósitos —"este año sí, esta Cuaresma la voy a tomar en serio"—, pero pasan los días… y no son tantos. A mí de pequeño se me hacían larguísimas, pero ahora dices: "pero si estamos ya casi en el quinto domingo". Y uno se va enfriando.
Pues bien, ahí es donde tengo que volver. Volver a empezar.
Volved a empezar! Volved a Mí!
Porque en la vida espiritual, volver a empezar no es retroceder. No es como caer en una casilla y volver al inicio perdiendo todo. Aquí es al revés: volver a empezar es la única manera de avanzar.
Retomar el camino espiritual y volver a empezar
Me doy cuenta de que la Cuaresma no es un camino lineal en el que todo va siempre hacia arriba. Empiezo con ilusión, con propósitos claros, pero pasa el tiempo y me disperso, me enfrío, pierdo el ritmo. Y entonces puede aparecer la sensación de que ya no tiene sentido seguir, de que ya he fallado.
Pero no es así. Precisamente ahí está el punto clave: volver a empezar.
Porque, además, me pasa una cosa: que empiezo muy convencido —"este año sí, ahora voy en serio"— y a los pocos días ya estoy como si nada. Y dices: "pero bueno, si no ha pasado tanto tiempo…".
Volver a empezar no es una derrota, no es como en un juego en el que retrocedo y pierdo lo avanzado. No es como cuando caes en una casilla y dices: "madre mía, ahora que llevaba yo no sé cuántas, otra vez al principio". En la vida espiritual es justo al revés.
Cada vez que vuelvo a empezar, avanzo. Cada vez que retomo el camino con humildad, estoy dando un paso real.
P.Jesús
Se trata de recuperar la disposición del inicio, de volver a tomar en serio aquello que me propuse, pero ahora con más verdad, con más conocimiento de mí mismo. Sin desanimarme por las caídas, sin dramatizar, pero tampoco quitándoles importancia.
No se trata de hacerlo perfecto, sino de no cansarme de empezar. De estar siempre empezando, como se ha dicho tantas veces. Porque el verdadero progreso está en esa fidelidad: en volver una y otra vez, en no soltar el camino, en seguir respondiendo a la llamada de Dios incluso cuando me cuesta.
Gracia y esfuerzo: equilibrio entre mística y ascética
Entiendo que en la vida espiritual hay dos dimensiones que van siempre unidas: lo que Dios hace en mí y lo que yo hago en respuesta. Por un lado está la gracia, que es un regalo, algo que no puedo fabricar ni merecer por mis propias fuerzas. Dios irrumpe, ilumina, toca el corazón, se hace presente.
Pero, al mismo tiempo, está mi trabajo, mi esfuerzo, mi respuesta concreta. Eso es lo que se llama la ascesis: el ejercicio, la disciplina, el poner de mi parte para ordenar mi vida y orientarla hacia Dios.
No son dos cosas opuestas. No tengo que elegir entre una y otra. Van juntas. Es como cuando un coche está en marcha: yo puedo pisar el acelerador, pero si no hay motor no se mueve. Y al revés, por mucho motor que haya, si no hago nada, tampoco avanzo.
Así ocurre en mí: mi esfuerzo tiene sentido cuando va unido a la gracia de Dios. Y la gracia actúa con más fuerza cuando encuentra una respuesta real por mi parte.

Porque si me voy a un extremo, me engaño. Si pienso que todo depende de mí, acabo agotado… y además eso ya tiene nombre, aunque suene raro. Pero si me voy al otro extremo y digo: "bueno, como todo es gracia, yo no hago nada", entonces tampoco camino.
Ni una cosa ni la otra. Que no me tomen el pelo.
Se me pide colaborar, implicarme, trabajar. Sabiendo que todo es gracia, pero que esa gracia no anula mi responsabilidad, sino que la despierta y la sostiene.
Trabajo interior frente al emotivismo
Veo que hoy en día hay una tendencia muy fuerte a vivir todo desde lo que siento. Parece que lo importante es lo que me apetece, lo que experimento, lo que me emociona. Y eso también afecta a la vida espiritual.
Antes uno podía convencerse por la razón, ver un orden en las cosas y llegar a conclusiones. Ahora no. Ahora lo que manda es lo que siento, lo que me apetece en cada momento.
Dios, que sale a mi encuentro como soy, muchas veces se sirve de esas emociones para tocarme el corazón. Me hace experimentar su cercanía, su amor, algo que me mueve por dentro. Pero eso no es el final del camino, es solo el comienzo.
El problema aparece cuando reduzco mi vida espiritual a eso: cuando solo funciono si siento, y cuando no siento nada, me paro. Ahí es donde me engaño.
Porque entonces todo depende de si me encuentro bien o no. Y claro, así no hay conversión real.
La verdadera conversión exige entrar dentro de mí, trabajar mi corazón, ordenar lo que hay en él, aunque no sea agradable. Hay partes de mí que no están evangelizadas, que siguen funcionando por su cuenta.
Se me pide ir más allá de la emoción, remangarme y trabajar interiormente. Revisar mis actitudes, mis decisiones, mis hábitos.
Porque si no hago ese trabajo, puedo tener momentos muy bonitos —muy intensos incluso—, pero en el fondo sigo igual. Por eso necesito dar ese paso: pasar de lo que siento a lo que construyo con la gracia de Dios en lo profundo de mi vida.
Disciplina espiritual y esfuerzo personal
Entiendo que la vida espiritual no se sostiene solo con buenas intenciones o momentos puntuales. Necesito disciplina, constancia, un esfuerzo real que atraviese mi día a día. Porque si no, todo se queda en ideas bonitas que no transforman nada.
Se me pide trabajar las virtudes, ordenar mis tendencias, educar mi voluntad. No basta con querer el bien de forma genérica; tengo que concretarlo en hábitos, en decisiones repetidas, en pequeños sacrificios que van dando forma a mi vida.
Porque si no, me quedo en: "sí, sí, esto lo tengo que cambiar"… y no cambia nada.
A veces puedo pensar que esto es voluntarismo, como si todo dependiera únicamente de mi fuerza. Pero no es así. No se trata de confiar solo en mí, sino de poner en juego todo lo que soy —mi voluntad, mi inteligencia, mi libertad— sostenido por la gracia.
Pero también puedo caer en lo contrario: decir "bueno, ya lo hará Dios"… y yo no muevo un dedo. Y claro, así tampoco.
Ni una cosa ni la otra. Aquí hay que ponerse a trabajar.

Por eso la disciplina espiritual no es algo accesorio. Es el modo concreto en el que respondo a Dios: en lo pequeño, en lo cotidiano, en lo que cuesta. Ahí es donde se juega de verdad mi crecimiento interior.
El ayuno y la renuncia como camino de dominio propio

Entiendo que una de las prácticas más propias de la Cuaresma es el ayuno. No es algo secundario ni opcional sin más; forma parte de la tradición constante de la Iglesia y tiene un sentido muy concreto en mi vida espiritual.
El ayuno me ayuda a desprenderme, a no vivir esclavo de lo que me apetece. Me entrena para dominar mis inclinaciones, para no dejarme llevar automáticamente por el gusto o la comodidad. Porque descubro que, si no trabajo esto, termino siendo gobernado por mis impulsos.
Y esto es muy claro: si no me entreno en lo pequeño, luego en lo grande tampoco puedo.
"No solo de pan vive el hombre". Esta palabra me recuerda que mi vida no se sostiene solo en lo material, en lo inmediato, en lo que satisface el cuerpo. Necesito abrir espacio a lo espiritual, darle sitio real en mi vida.
Ahora bien, no se trata de hacer cosas extraordinarias sin más. Cada uno tiene que ver qué puede hacer, pero sí se me pide concretar, renunciar a algo, privarme de algo que me cuesta.
Porque luego uno ve cosas curiosas: hay gente que se somete a todo tipo de esfuerzos por cualquier motivo —deporte, estética, lo que sea— y nadie dice nada. Pero dices que ayunas un poco… y ya parece que eres un fanático.
Al final la pregunta es: ¿qué me mueve realmente?
Y no solo en la comida. Hay otras formas de ayuno que hoy son muy necesarias: el uso de las redes sociales, el tiempo que pierdo, la dependencia que generan, la crispación que muchas veces provocan. Ahí también necesito poner orden.
El ayuno, en el fondo, me educa. Me enseña a decir que no, a no dejarme llevar, a ser más libre. Y esa libertad es la que me permite orientar de verdad mi vida hacia Dios.
Cuidado en el uso de palabras, redes y curiosidad
Me doy cuenta de que no solo necesito ayunar de comida, sino también de muchas otras cosas que afectan directamente a mi vida interior. Una de ellas es el uso de la palabra. Hablo mucho, opino con facilidad, juzgo casi sin darme cuenta. Y ahí también necesito poner orden.
Porque es verdad: cuando hablo mucho, me equivoco más. Digo cosas que no debería, hago juicios rápidos, suelto palabras que pueden herir. Y además, luego uno dice: "si es que no sé cómo ha pasado…". Pues claro, si no paro de hablar.
Por eso se me pide una cierta disciplina: aprender a callar, a pensar antes de hablar, a escuchar más. Que por algo tengo dos orejas y una boca.
También en esto entra el modo en que me comunico hoy, especialmente en redes y en conversaciones digitales. Qué fácil es decir cosas ahí que no diría cara a cara. Qué fácil es dejarse llevar por la crítica, por el insulto, por la dureza. Y muchas veces sin dar la cara.
Ahí descubro que también necesito ayunar: de palabras hirientes, de comentarios innecesarios, de ese impulso de opinar sobre todo. Porque eso no construye, sino que desgasta y endurece el corazón.
Y luego está la curiosidad. Ese querer enterarme de todo, saberlo todo, meterse en todo. "¿Y esto qué ha pasado? ¿Y este por qué…?" Y a veces es evidente que no me corresponde, pero sigo.
Pues también ahí tengo que parar. No todo me incumbe, no todo lo tengo que saber.
Todo esto forma parte de mi vida concreta. Y también aquí se me pide conversión: aprender a hablar mejor, a callar cuando toca, a no dejarme arrastrar por la curiosidad o por la necesidad de opinar. Porque también en esto se juega la verdad de mi vida interior.
La lucha contra el orgullo y el crecimiento en humildad
Descubro que, en el fondo de muchas de mis actitudes, está siempre el orgullo. Aparece de formas muy sutiles, casi sin darme cuenta, pero está ahí, buscando colocarse por encima, buscando reconocimiento, buscando tener razón.
Y además tiene una cosa: que no se ve fácilmente. Uno piensa que ya lo tiene controlado… y ahí es cuando más se cuela.
El orgullo no desaparece solo. Tengo que luchar contra él constantemente. Porque incluso cuando parece que avanzo en la vida espiritual, puede crecer de otra manera: sintiéndome mejor, más avanzado, más seguro de mí mismo.
Y eso es peligroso. Porque puedo llegar a construir una imagen de mí mismo que no es real, un pequeño pedestal en el que me voy subiendo sin darme cuenta. Pim, pim, pim… y cuando quiero darme cuenta, ya estoy ahí arriba.
Desde ahí, empiezo a justificar cosas, a no aceptar correcciones, a molestarme cuando no se me reconoce.
Lo veo también en cosas muy concretas: en cómo reacciono ante una crítica, en cómo me afectan los halagos, en cómo me cuesta reconocer errores. Ahí se manifiesta con claridad lo que hay dentro de mí.
Porque una cosa es lo que digo de mí… y otra lo que sale cuando me tocan.
Por eso necesito trabajar la humildad de verdad. No como una idea bonita, sino como una actitud concreta: aceptar la verdad sobre mí mismo, no defenderme continuamente, no buscar quedar por encima.
La humildad me coloca en mi sitio, me permite reconocer que necesito a Dios, que no puedo sostenerme por mí mismo. Y solo desde ahí puede haber un crecimiento real en mi vida espiritual.
Caídas, humillación y purificación interior
Me doy cuenta de que, en mi camino espiritual, no solo hay avances, sino también caídas, límites y situaciones que me descolocan. Y muchas veces, lo que más me cuesta aceptar son esas humillaciones que tocan directamente mi orgullo.
Porque uno va más o menos bien… y de repente aparece algo que le pone en su sitio. Y dices: "¿pero esto ahora por qué?".
Hay momentos en los que me veo incapaz, en los que aparece una debilidad que no esperaba, un problema que no puedo controlar, una situación que me supera. Y entonces experimento mi propia fragilidad.
Pero precisamente ahí hay una oportunidad muy grande. Porque esas caídas y esas humillaciones, aunque duelan, pueden servirme para bajarme de ese pedestal que me voy construyendo sin darme cuenta.
Porque ese pedestal está ahí, aunque no lo vea. Y a veces hace falta un buen golpe para bajarse.
A veces necesito que algo se rompa dentro de mí para volver a la verdad, para reconocer quién soy realmente. Para darme cuenta de que no tengo el control, de que no soy autosuficiente, de que necesito a Dios de verdad.
Y esto pasa también en la historia: personas que han recibido mucho, que parecen fuertes, y de repente caen. Y ahí se ve lo que había realmente dentro.
No es que Dios quiera el mal o el sufrimiento, pero sí puede servirse de esas situaciones para purificarme, para limpiar lo que hay en mí de falso, de orgulloso, de superficial.
Como un cirujano que tiene que cortar para curar.
Por eso, cuando llegan estos momentos, no se trata solo de resistirlos, sino de aprovecharlos. Dejar que me enseñen, que me hagan más humilde, que me devuelvan a lo esencial. Porque ahí, aunque cueste, es donde se produce una verdadera transformación interior.
Corazón contrito y preparación para la Pasión
Al acercarme al final de la Cuaresma, entiendo que no se trata de llegar perfecto, ni de haber cumplido todo sin fallos. Porque si soy sincero, siempre hay cosas que se quedan a medias.
Pero no va por ahí. No se trata de hacer balance como quien pasa cuentas y dice: "esto bien, esto mal".
Se trata de llegar con el corazón tocado. Con un corazón que ha sido trabajado, que se ha visto a sí mismo con más verdad.
La clave no está en mis logros, sino en la actitud con la que me presento: un corazón contrito y humillado. Es decir, un corazón que reconoce sus límites, que no se justifica, que no se endurece, sino que se abre a la misericordia.
Porque sé que Dios no desprecia ese corazón. Al contrario, es ahí donde actúa con más fuerza, donde puede entrar de verdad y transformar.
Y ahora, además, ya estoy entrando en la recta final. Ya no queda tanto. Y podría decir: "bueno, ya está, lo que haya sido, ha sido". Pero no.
Hoy sigue siendo el momento.
Este momento final de la Cuaresma me prepara para mirar la cruz de otra manera. No como algo lejano, sino como algo que tiene que ver conmigo, con mi vida concreta, con mis caídas y con mi necesidad de salvación.
Por eso, más que cerrar una etapa, se me abre un momento decisivo: acercarme a Dios con verdad, sin máscaras, sin excusas, y dejar que sea Él quien haga la obra.
Todavía estoy a tiempo. Hoy sigue siendo el momento de volver.
