

Cuaresma: La Pasión de Jesús y el combate espiritual
Seguimos en Cuaresma, por si no lo sabíais, porque parece que han pasado tantos dias, que podríamos olvidar el tiempo que estamos viviendo. Pero no, seguimos, seguimos dentro de este tiempo y no se ha acabado.
Y la Iglesia me habla de este tiempo como de un desierto, como de una subida a una montaña, como de un combate, y tengo que situarme ahí, porque no es un tiempo neutro, no es un tiempo más, sino un tiempo en el que estoy llamado a combatir.
Y entonces voy a fijarme en un combate concreto, porque no se trata de algo genérico. Y es que la pasión es un combate.
A partir de ahora la Iglesia me va a invitar a mirar más directamente a la pasión, a poner la mirada ahí, y así entiendo que, igual que la Cuaresma es un combate, la pasión también lo es, pero de una manera especialmente intensa.
Y me asomo a todo ese torrente de violencia, de odio, de desprecio inmenso hacia quien es la inocencia, la bondad, el amor, y visto humanamente todo esto resulta absurdo, no tiene ningún sentido.
Y sin embargo, sí lo tiene, pero para comprenderlo necesito no quedarme en la superficie, sino ir más al fondo, mirar en profundidad, porque hay una realidad más profunda que es la que da razón de todo esto.
Una realidad más profunda: la lucha entre el bien y el mal
Para entender lo que estoy viendo necesito darme cuenta de que hay distintos niveles de realidad, porque hay cosas que veo, que entiendo más o menos, y otras que se me escapan completamente.
Es como cuando pasaba lo del coronavirus, que nosotros sabíamos lo que estaba pasando, sabíamos que había un virus, que había un motivo para estar encerrados, pero un perro no entendía nada; notaba que algo cambiaba, que no salía, que no venía gente, pero no sabía por qué, no alcanzaba ese nivel de realidad.
Y a mí me puede pasar algo parecido, porque veo guerras, veo problemas, veo situaciones que parecen simplemente humanas -que si un conflicto aquí, que si sube la gasolina, que si pasa esto o lo otro-, pero en realidad hay algo más profundo que no siempre percibo.
La verdadera guerra no es simplemente entre unos países y otros, o entre unas personas y otras, sino que es una guerra más honda: es entre Dios y Satanás, entre el bien y el mal, y todo lo que aparece en la superficie no es más que manifestación de esa lucha más profunda que se está dando.

El monte de los Olivos y la batalla definitiva
Y entonces empiezo a entender que nada de esto es casual, que cuando escucho la pasión y veo que Jesús va al monte de los Olivos, no se trata simplemente de un lugar más o de un detalle sin importancia, sino de algo que está profundamente cargado de sentido.
Porque, según los profetas, el Monte de los Olivos es precisamente el lugar de la batalla definitiva, de la batalla final, el lugar donde Dios mismo iba a poner los pies para librar el combate decisivo, de modo que el hecho de que Jesús vaya ahí no es accidental, sino que encaja plenamente dentro de ese anuncio.
Y así, todo lo que estoy viendo -toda esa violencia, todo ese aparente sinsentido, todo lo que humanamente parece absurdo- empieza a situarse en otro plano, porque en realidad forma parte de un plan que no es improvisado ni fruto del azar.
El Evangelio lo repite una y otra vez, de distintas maneras: esto ocurre para que se cumpla la Escritura, como una especie de clave que me ayuda a leer lo que está pasando más allá de lo inmediato.
De modo que hay un plan detrás, un designio que se está llevando a cabo paso a paso, y en el que Dios actúa incluso a través de aquello que, visto desde fuera, podría parecer exactamente lo contrario de su voluntad.
La redención: el rescate mediante el sacrificio
Y entonces veo que todo esto tiene un sentido muy concreto, que es un rescate, porque redimir significa precisamente eso, volver a comprar, y yo estoy como vendido, como entregado por el pecado, sin tener con qué pagar para salir de ahí ni nada que ofrecer para romper ese vínculo y liberarme.
Por eso es Él quien paga, y paga con su sangre, que es el precio del rescate, de modo que la cruz no es solo sufrimiento sin más, sino un acto concreto y eficaz que realiza algo real en mí: me rescata.
Y así también entiendo que la misa no es un simple recuerdo, sino que en ella está presente ese mismo sacrificio, ese mismo acto que se me pone delante, y por eso tiene sentido que me detenga, que lo mire y que trate de comprender qué está ocurriendo ahí, porque en ese misterio se está jugando mi propia vida.
La tentación como parte necesaria del camino
Y en este combate hay algo que es inevitable, que es la tentación. No es algo extraño, no es algo que tendría que desaparecer, sino que forma parte del camino. De hecho, el propio Jesús es llevado al desierto para ser tentado, y eso ya desconcierta, porque parece que debería ser al revés, que el Espíritu lo llevase a evitar todo eso, y sin embargo no es así.
La tentación aparece como un lugar de combate real, donde se pone a prueba la fidelidad. No se trata de no tener tentaciones, porque eso no es lo que se me promete. Como se decía en la tradición de la Iglesia, nadie entra en el Reino de los cielos sin ser tentado, y eso cambia la perspectiva: no es algo excepcional, es parte del camino.
Y por eso no tengo que asustarme cuando aparecen. Son parte del combate. Nadie vence sin haber combatido, y nadie combate sin haber sido tentado. La tentación no es el problema; el problema es ceder.
La tentación no es el problema; el problema es ceder.
P.Jesús
Eso sí, tampoco se trata de buscarla. No tengo que meterme voluntariamente en situaciones donde sé que voy a caer. A veces uno podría pensar: bueno, voy a ir, porque así me pruebo, porque tengo que luchar... pero no, no te vayas tú a buscar la tentación. No hace falta.
La tentación vendrá sola, no hace falta ir a buscarla. Y cuando llega, ahí se abre ese combate en el que tengo que decidir a quién sigo y desde dónde quiero vivir.
Del desierto a Getsemaní: fidelidad en la prueba
Este combate no empieza en la pasión, sino que viene de antes. Ya en el desierto aparece ese primer enfrentamiento directo, donde se pone en juego algo muy profundo: la fidelidad al Padre frente a propuestas que, en apariencia, pueden parecer buenas.
Porque la tentación no se presenta de forma burda, sino que muchas veces viene disfrazada de bien, y además con una lógica muy concreta que vuelve una y otra vez: "si eres Hijo de Dios...". Es decir, una invitación a demostrar, a tomar un camino distinto, a buscar un resultado bueno pero al margen de la voluntad del Padre.
Y ahí está el núcleo del combate: no tanto elegir entre bien y mal evidentes, sino entre la voluntad de Dios y lo que a mí me parece razonable o conveniente.
Ese mismo combate vuelve a aparecer en Getsemaní, pero ya con una intensidad mucho mayor. Ahí la prueba alcanza un nivel de angustia muy profundo, casi insoportable, hasta el punto de experimentar ese peso interior que hace que todo empuje a apartarse, a evitar ese camino.
Y sin embargo, en medio de esa oscuridad, lo que se mantiene es la fidelidad: no se haga mi voluntad, sino la tuya. Porque ahí es donde se decide todo, no en lo exterior, sino en esa adhesión interior que permanece incluso cuando todo se vuelve cuesta arriba.
Y ese mismo "si eres Hijo de Dios..." que aparecía en el desierto vuelve después en la cruz, como un eco que atraviesa todo el combate, mostrando que la tentación no desaparece, sino que acompaña hasta el final.
Ese es el combate real, el que no siempre se ve desde fuera, pero que sostiene todo lo demás.
Traición, violencia y respuesta de amor
Y entonces el combate entra ya en su momento más visible. Aparece la traición, aparece la violencia, aparece todo ese despliegue de rechazo que, humanamente, resulta muy difícil de sostener.
La traición de alguien cercano no es solo un hecho externo, tiene un peso especial. Y, sin embargo, la respuesta no es de rechazo ni de ruptura, sino que sigue siendo una oferta de amistad: "amigo, ¿a qué vienes?". Amigo no porque lo sea en ese momento, sino porque lo ha sido y porque puede volver a serlo; la puerta no se cierra.
Y esto es muy llamativo, porque lo que cabría esperar sería una reacción distinta: apartar, rechazar, defenderse. Pero no ocurre así. La respuesta mantiene el mismo tono de fondo: una disposición constante al amor.
Al mismo tiempo, todo alrededor se llena de violencia, de burlas, de desprecio. Y en medio de todo eso se plantea una pregunta que atraviesa la escena y que también me alcanza a mí: ¿a qué vienes?
No es solo una pregunta dirigida a quien traiciona, sino a cualquiera que se acerca. ¿Qué busco realmente? ¿Me acerco por interés, por costumbre, por inercia, o hay un deseo real de encuentro?
En medio de ese clima de tensión y de violencia, lo que se mantiene no es la fuerza exterior, sino una fidelidad interior que no cambia, que no se adapta a lo que viene de fuera, sino que permanece firme en el amor.
La cruz: aparente derrota, verdadera victoria
Y todo este camino desemboca en la cruz, que es donde el combate llega a su punto más extremo. Exteriormente, lo que se ve es una derrota total: debilidad física, abandono, humillación, violencia llevada al límite. Todo parece indicar que el mal se impone, que no hay salida.
La flagelación deja el cuerpo al límite, la coronación de espinas añade una humillación profunda, y todo el entorno se llena de burlas, de desprecio, de una especie de satisfacción en el daño causado. Es como si todo conspirara para empujar a romper, a ceder, a dejar de amar.
Y sin embargo, precisamente ahí es donde se decide el combate. Porque la victoria no consiste en evitar el sufrimiento ni en imponerse por la fuerza, sino en mantenerse en el amor incluso en ese extremo.
Lo que podría parecer el triunfo del mal se convierte en el lugar donde ese mal queda derrotado. Porque no consigue lo que busca, que es romper la fidelidad, introducir la rebeldía o apagar el amor.
La cruz, que desde fuera parece el final, es en realidad el momento decisivo en el que se cumple todo. Es una derrota aparente, pero es una victoria real.
Las palabras de Cristo como expresión de victoria
En medio de la cruz, cuando todo parece ya llevado al límite, no hay silencio vacío, sino palabras. Y esas palabras no son de derrota, sino que van mostrando, una a una, dónde está realmente la victoria.
Frente a todo el odio recibido, aparece el perdón: "Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen". Y es como el primer golpe, el primer "derechazo", porque no responde al mismo nivel ni entra en esa lógica, sino que la rompe completamente.
Y junto a eso, aparece también el poder de salvar, incluso en el último momento: "hoy estarás conmigo en el paraíso". No solo resiste, sino que sigue salvando, sigue abriendo una puerta donde parecía que ya no había nada que hacer.
Incluso el grito de abandono, "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?", que puede parecer el momento de mayor oscuridad, no es desesperación, sino una forma de seguir confiando, de seguir dirigiéndose al Padre en medio de todo. Es una oración que atraviesa la noche y que, leída hasta el final, está llena de esperanza.
Y en medio de todo, también sigue habiendo lugar para los demás: para entregar, para cuidar, para dar una madre, para crear vínculos incluso en ese momento.
Hasta llegar al abandono final, confiado: "Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu". Y finalmente, "todo está cumplido".
No es el final de alguien derrotado, sino la afirmación de que el plan se ha llevado a cabo, de que el combate se ha ganado ahí, en ese mismo lugar donde parecía que todo se perdía.
El cumplimiento del plan del Padre
Y entonces se entiende algo que, de primeras, resulta muy difícil de ver: que todo lo que está ocurriendo no es que se le haya ido de las manos a Dios, sino que forma parte de su plan.
Porque mientras parece que el mal avanza, que todo se dirige hacia un final absurdo, en realidad lo que se está cumpliendo es lo que estaba previsto desde el principio. Una y otra vez aparece esa idea: esto sucede para que se cumpla la Escritura.
No es una improvisación, no es un accidente. Hay un plan de redención que se está llevando a cabo, incluso a través de aquello que parece negarlo.
Y aquí está también la paradoja: aquello que el enemigo pretende como victoria se convierte en el instrumento de su propia derrota. Es como un anzuelo: muerde pensando que gana, y es ahí donde queda vencido.
De modo que, cuando todo parece terminado, en realidad lo que ha ocurrido es que se ha cumplido el plan del Padre. No a pesar de la cruz, sino precisamente a través de ella.
Nuestro combate personal a la luz de Cristo
Y todo esto no es algo que simplemente contemplo desde fuera, sino que me afecta directamente. Porque ese combate no se queda en la pasión, sino que continúa en mi vida.
Yo también tengo mi propio combate. No es una idea abstracta, sino algo muy concreto que se juega en lo cotidiano, en decisiones pequeñas, en momentos donde parece que no pasa nada, pero en realidad se está decidiendo mucho.
Y aquí se entiende también que no todo se me quite de en medio sin más. Hay momentos en los que uno podría pensar que lo fácil sería que desaparecieran las dificultades, pero no siempre es así, porque hay un espacio real para que yo luche.

Es como en esa escena de Las Crónicas de Narnia, cuando Aslan podría intervenir y resolverlo todo de un golpe, y sin embargo se detiene y dice claramente: "¡Dejadle, es su batalla!". No porque esté solo, sino porque tiene que responder.
Y en ese combate no estoy solo, pero tampoco se me sustituye. Se me deja ese lugar para responder, para ser fiel, para decidir.
Por eso este combate tiene importancia, porque es ahí donde se juega mi respuesta, mi fidelidad, mi forma concreta de vivir todo esto que acabo de contemplar en la cruz.
Fidelidad cotidiana en medio de la prueba
Ese combate se concreta en lo cotidiano, en lo pequeño, en situaciones muy normales donde, sin embargo, se decide mucho. No hace falta que sean momentos extraordinarios para que haya una verdadera batalla.
A veces es algo tan simple como levantarse cuando suena el despertador, o mantenerse firme en medio de un ambiente que empuja en otra dirección, o sostener una decisión cuando no hay apoyos alrededor. Son cosas pequeñas por fuera, pero ahí se está jugando la fidelidad.
Y en esos momentos puede parecer que no pasa nada, que nadie ve nada, que no tiene importancia. Pero no es así. Hay una mirada puesta ahí, una atención real sobre cómo respondo en esas situaciones.
No siempre voy a tener claridad, ni ganas, ni facilidad. Muchas veces el combate se da en medio de la oscuridad, de la desolación o de la confusión. Y precisamente ahí es donde tiene valor la fidelidad.
Es un combate continuo, que se repite cada día, en lo sencillo, pero que va configurando poco a poco una forma de vivir y de responder.
Mirar la cruz para aprender a combatir
Y al final, todo vuelve a un punto muy sencillo, pero muy exigente: mirar. Se me invita a mirar la cruz, a detenerme ahí, a no pasar de largo, porque es ahí donde se entiende todo lo que he ido viendo.
No se trata solo de entender ideas o de sacar conclusiones, sino de aprender mirando, porque hay una forma de combatir que no se aprende con teorías, sino contemplando cómo se ha vivido ese combate.
Por eso se insiste: mirad el árbol de la cruz. Volver una y otra vez ahí, no de manera superficial, sino con una mirada que implica al corazón, que va calando poco a poco y que va cambiando la manera de ver las cosas y de responder.
Porque cuanto más miro, más entiendo, y casi sin darme cuenta empieza a surgir el deseo de vivir de la misma manera, de responder así, de mantenerme también en ese amor en medio de mis propias pruebas.
Y así, poco a poco, mirando, es como aprendo realmente a combatir.
